Opinión | Olfato Político

Ahora bien, traslademos esta lógica al tablero de la geopolítica mundial. Allí, cada país es apenas una pieza y todo se rige por normas que sostienen el llamado “orden internacional basado en reglas”. Cuando esas normas se violan, el juego pierde sentido: ¿para qué jugar si las reglas no importan?

En los últimos años, tanto a nivel mundial como en el plano nacional, hemos sido testigos de cómo se quebrantan principios básicos del derecho internacional: la soberanía nacional y la integridad territorial. La reciente agresión armada en territorio venezolano, impulsada por Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump, abre un nuevo escenario. No solo porque el presidente norteamericano pasó por alto al propio Congreso —como señalan voces opositoras en su país—, sino porque la acción hirió gravemente el derecho internacional y puso en evidencia la fragilidad del llamado “orden mundial basado en reglas”. 

Lo más inquietante es que esta vez, la principal potencia del “Occidente libre” ni siquiera intentó ocultar la violación por lo cual esa sinceridad brutal marca la ruptura de otro tabú: “antes, las intervenciones se disfrazaban bajo operaciones encubiertas o informes de inteligencia. Hoy, se anuncian sin pudor” señala un conocido medio alemán.

Una larga historia de intervenciones 

La política exterior de Estados Unidos en América Latina ha estado marcada por una constante: el apoyo directo o indirecto a regímenes autoritarios y operaciones militares que buscaban frenar el avance de movimientos de izquierda.

Chile, 1973: Washington respaldó al dictador Augusto Pinochet durante el golpe de Estado del 11 de septiembre contra el presidente Salvador Allende.

Argentina, 1976: el secretario de Estado Henry Kissinger alentó a la junta militar a acelerar su “guerra sucia”, según documentos desclasificados en 2003. El saldo: al menos 30.000 desaparecidos.

Plan Cóndor: en los años 70 y 80, seis dictaduras del Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil) coordinaron la persecución y eliminación de opositores con apoyo tácito de Estados Unidos.

La intervención también se extendió a Centroamérica:

Nicaragua, 1979: tras la caída de Somoza, Ronald Reagan autorizó en secreto a la CIA a financiar con 20 millones de dólares a los Contras, recurriendo incluso a la venta ilegal de armas a Irán. La guerra civil dejó 50.000 muertos.

El Salvador, 1980-1992: asesores militares estadounidenses intentaron sofocar la rebelión del FMLN en una guerra que costó 72.000 vidas.

Estos episodios muestran que la intervención de Washington en la región no es una excepción coyuntural, sino una constante histórica. En aquel momento bajo el argumento de contener al comunismo o garantizar la “seguridad hemisférica”, se consolidó un patrón de injerencia que debilitó democracias, profundizó conflictos armados y dejó decenas de miles de víctimas.

Venezuela y el retorno del colonialismo

La intromisión armada en Venezuela y el secuestro de su presidente —bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico y con el inmediato viraje hacia el control de su principal recurso, el petróleo— dejaron al desnudo las intenciones de Donald Trump. Su anuncio de “controlar Venezuela” no es un gesto aislado, sino la continuidad de una tradición histórica de intervenciones estadounidenses en América Latina.

El diario suizo Neue Zürcher Zeitung am Sonntag lo sintetizó con crudeza: “Muchas cosas pudieron haber salido mal en la madrugada en Caracas. Trump y sus fuerzas especiales tuvieron suerte. Pero el mensaje al mundo es fatal: el derecho internacional ya no se aplica”.

Entonces cuando las reglas del juego se rompen, el resultado es siempre el mismo: desconfianza, deslegitimación, caos y sufrimiento de los pueblos. En el tablero de la geopolítica, la violación de normas internacionales no solo desvirtúa el juego, sino que erosiona la idea misma de comunidad global.

Colonialismo renovado

Como lo señalamos anteriormente la intervención en Venezuela no puede entenderse como un hecho aislado. Se inscribe en una larga tradición de colonialismo renovado en América Latina, donde las potencias buscan imponer su voluntad sobre los pueblos de la región para asegurar el control de sus recursos estratégicos.

Este patrón histórico revela que las violaciones a la soberanía y al derecho internacional no son excepciones, sino parte de una lógica persistente de dominación.

La pregunta que queda abierta es crucial: ¿continuarán los países latinoamericanos aceptando reglas impuestas desde afuera a las que las grandes potencias no se someten, o accionaran por algun cambio?