La Cámpora sostiene que el escaño le corresponde porque Isasmendi ingresó a la Legislatura en el marco de un acuerdo electoral donde cada agrupación aportaba candidatos. Sin embargo, la diputada decidió sumarse al bloque rivarolista, rompiendo aquel pacto y alterando el equilibrio interno del justicialismo jujeño.

Desde la vieja militancia peronista, el argumento es distinto: la banca no es de una agrupación, sino del bloque legislativo. Pero este razonamiento parte de un supuesto que ya no existe: un PJ unificado. Hoy el peronismo es un mosaico de espacios, alianzas y fracturas, donde los acuerdos se sostienen más por conveniencia coyuntural que por disciplina orgánica.

La ley establece que la banca pertenece a las personas y no a las fuerzas políticas. Por lo tanto, si un/a legislador/a que accedió a su banca a través de una agrupación política decide trasladarse a otro bloque, incurrirá en una actitud reprochable desde el punto de vista moral, pero no desde el jurídico.

El problema de los acuerdos rotos

El sistema de frentes electorales funciona sobre la base de compromisos de reparto. Cuando esos compromisos se incumplen, lo que se resquebraja no es solo la confianza entre espacios, sino también la legitimidad de la representación. Aquí el caso de Isasmendi no es excepcional:

En Libertador San Martín, la juventud militante de La Libertad Avanza reclama la banca de Jonatan Casasola en el Concejo Deliberante que se pasó al Frente Cambia Jujuy.

En el Congreso de la Nación, por nombrar un solo ejemplo, siete diputados abandonaron el bloque del PRO para sumarse a LLA.

En Jujuy, años atrás, la diputada provincial Mabel Balconte dejó el Frente Unidos y Organizados por la Soberanía Popular para pasarse al radicalismo. Estos ejemplos muestran que la tensión entre legalidad y legitimidad atraviesa distintos partidos y momentos.

Aquí aparece otro eje de análisis: los métodos.

En cuanto a la diputada su salida del espacio puede interpretarse como un acto de autonomía, pero también como una traición a quienes la impulsaron.

En cuanto a La Cámpora, su reacción mediante escraches públicos busca presionar para recuperar la banca, pero se convierte en un ataque personal que roza la violencia política.

La paradoja es evidente: una diputada que milita contra la violencia política de género se ve cuestionada por una decisión que afecta a otra mujer dirigente y todo un espacio político. Y una agrupación que se reivindica como heredera de la renovación generacional recurre a prácticas de hostigamiento que reproducen viejas formas de disciplinamiento.

La descomposición del peronismo

La analogía biológica es dura pero precisa: un cuerpo político que pierde sustancia, que se fragmenta en tejidos inconexos, que se pudre lentamente. El peronismo jujeño, intervenido y debilitado, ya no logra sostener una identidad común.

Lo que vemos es un proceso de mutación, de un movimiento orgánico y aglutinador, a un conjunto de piezas dispersas que se disputan espacios de poder sin proyecto compartido, sin programa y con una metodología bastante cuestionable. Entonces la banca en cuestión es apenas un síntoma de esa descomposición.

Por eso, este caso no debería analizarse sólo como un conflicto interno, sino como un espejo de la crisis más amplia del peronismo: la pérdida de cohesión, la erosión de acuerdos y la deriva hacia prácticas ¿más violentas?.

La pregunta que queda abierta es si el peronismo podrá recomponer un cuerpo político reconocible o si seguirá mutando hacia una forma irreconocible, donde las bancas se convierten en botines y los escraches en herramientas de presión.